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RINCÓN POLIGLOTA

Leer En Los Cavernicolas

jueves, 19 de marzo de 2015

UN POETA FRÁGIL, LOCO Y OFENSIVO

CONVERSACIÓN POST MORTEM
CON RAÚL GÓMEZ JATTIN 
Por: Celso Emiro Montoya Palencia

No sé qué piensa Jattin de esta humilde persona, que lo único que ha hecho es leer sus poemas. Ojalá se filtre como agua por estas paredes y llene este vaso.  

—Me gusta lo del vaso de agua —ha respondido Jattin. 
¡Uf! Estás escuchando. Si es así, viértete en este vaso. Luego te beberé… ¡Vaya! Lo has hecho. Por fin te conozco. Eres cristalino. 
—Lo soy, porque lo dicen los tres amigos que dejé. 
¿Solo tres amigos te hacen famoso, o lo eres por mendigar y pasar días sentado en una banca del parque de San Diego? 
—¡Aunque no lo creas, se es famoso escribiendo poemas! Ahora paso sentado en las bancas del cementerio viendo entrar y salir a la gente. En vida fui uno de esos que condenaron por haber escrito poemas que hablaban de mi vida. En el Cielo y en el Infierno no me quieren por lo mismo. Desde entonces he quedado en el cementerio comiendo flores. En las noches me escapo y me voy a las calles de San Diego a recordarle a la gente que mis poemas son mi vida. 
Sé que en vida no tuviste buen perfil. Aún así, me habría gustado seguir tus pasos y ser tu amigo. Pues, ¿de qué me sirve conocer tus poemas si no conozco tu vida? 
—Mi vida ya la conoce todo mundo. No saben ellos que camino por los senderos del cementerio cantando mis poemas. Hay muertos que creen que soy loco, porque llevo en el hombro los mismos pesares que le robé a la muerte. 
(Bebo agua del vaso que ha permanecido en la mesa) 
Raúl Gomez Jattin
—No me bebas demasiado rápido. Deja un poco para luego. Esa agua que ahora bebes es rocío de las hojas de los árboles que rodean mi tumba. 
¿Hay algún secreto en ella? 
—La recogí en silencio. Si deseas conocer más, lee mis poemas, y sabrás que mi obra es todo sexo. Son palabras que se meten por donde la pasión se duerme hasta el otro día. Si una de ellas logra tocarte, tratarías de agarrarte a lo resbaladizo de mi cuerpo, como la lluvia que moja las hojas de los árboles. Quien lee mis poemas, se sacia con eso que me revuelve todas las noches.  
(Bebo nuevamente agua del mismo vaso) 
—¡Cómo te gustan los orines! 
¡No puede ser! ¡Maldita sea! ¡Dijiste que era rocío! ¡Eres perverso! 
—¡Fue lo que pude recoger entre los muertos que visité anoche! Eran dos muertos, tres cigarrillos y un algo de todo. En la mañana cuando regresé a la tumba, ya tenía dos poemas escritos. 
Aún después de muerto causas polémica. Lástima que no pudiste vivir unos años más. Cuando te conocí, descubrí que estabas prisionero en un rincón de tu propio ser. Si te asomabas para ver qué sucedía en el mundo, todos miraban al loco que ante ellos inventaba locuras. Nunca supieron que escribías tus angustias también en un sufrido papel. Esas voces se acostumbraron a tu boca. 
—Cuando fui devorado por las entrañas de la poesía, valoraron al loco. Porque yo, antes de ofender a las personas con palabras y gestos, hice algo mejor. Con cada uno de mis versos les expliqué mi adorada propensión por ellos.  
Sin embargo, cuando pasabas nadie te miraba. 
—No es así. Mientras yo les analizaba la espalda, todos me seguían con los pensamientos. 
¿Por qué te querrán más ahora que estás muerto? 
El poeta por las calles de Cartagena
—¡Eso me pregunto! ¿Será que mi poesía tiene algo especial? En vida pasaba cerca de la gente y le dejaba mi mal olor, pero esperaron que yo muriera para sentir mis sufrimientos. Ahora sí saben que siempre los amé, que mi poesía también es algo de ellos. Cuando lloran o ríen saben que ese soy yo. Soy en ellos esas manos callosas con las que les escribí una historia.  
Fue tu propia indolencia la que no te comprendió. Públicamente aceptabas que no valías la pena. Cuando te preguntaban si quien aparecía en tus poemas eras tú, lo aceptabas, no sé si emocionadamente. Ahora estás a expensas del criterio ajeno.  
—Aunque no hayan leído mis poemas ni los hayan defendido, a todos los adoro. Esa época me fue difícil. Tuve que soportar mis defectos uno a uno. 
Ellos con tu poesía te han hecho poeta. Y lo que más les gusta a la gente es que eres frágil, loco y ofensivo. 
—Cualidades que causan sufrimiento. Sufrimiento que en mí no cesa. De todas, la que más amé fue la fragilidad que tuve. Era la flecha en el arco que siempre apuntó a mi propia tortura. Habría sido trágico que la hubiese acertado. 
¿Trágico por qué? 
—¡Habría muerto el poeta y mis palabras se habrían extinguido en el silencio. Alguien dentro de mí erigía soliloquios. Un día la muerte se vino por uno de ellos, y me desquició.  Yo, ignorante, sólo inventaba poemas que se volvían en mi contra. 
Jamás esquivaste al poeta que a diario apuñaleaba tus carnes. Los poetas son horribles monstruos que en la soledad se acosan. Mira cuántos hay aquí, y pregúntales quién de ellos es tu amigo. Puedes comenzar por mí. Los poetas son para leerlos, pero no hagas caso a lo que hagan o digan.  
—El mío hizo de mí cabeza un nido… 
Un nido en tu propio árbol. Los años se llevaron tus hojas. Hubo un momento que ni el viento cantaba al pasar entre tu follaje. Hoy solo han quedado los ahorcados que penden de tus ramas, como frutos podridos en otoño. 
—¡Ahorcados! Esos son mis poemas. Los guindé el día que salí. Sus versos duros, nacidos de la desolación, amargos, pero soñadores, todavía crecen como hierba en el pavimento de las calles de San Diego. Por lo mismo, cada noche voy y los podo para que la gente no tropiece con ellos.  
Tus palabras me llenan de escalofrío. Mira cómo se ha puesto mi piel. Hoy te tengo en este auditorio como representación de la muerte, una nube que bebe agua de ese vaso. ¡Me asustas! 
—¿Cómo no vas a sentir miedo, si fuiste un testigo indolente en contra de mí? 
¿Quién, yo?  
—No comprendiste ni ayudaste a esta víctima. Eres cómplice de la perfidia y la ignorancia. Tácitamente aceptaste que este hombre no valía la pena. Cuando me llevaban a la cárcel solo me prodigabas el mal. Una vez preguntaron si yo en realidad era poeta, y me negaste airado. Qué fácil olvidas aquella época, cuando te pedí una moneda y estiraste la mano para darme cinco pesos…   
¡No tenía más! 
—¡Por lo mismo los arrojé a tu cabeza! 
Voy a la mesa, cojo el vaso y bebo agua. 
—¡No me sigas bebiendo!  
¡Tengo sed…! 
—Ahora te quieres hacer el Cristo. Eres capaz de decir también que me perdonas, porque no sé lo que hago. 
¿Por qué tienes que pelearte conmigo? ¿Qué dirá la gente, no de ti, sino de mí?  
—Sé que muchos de ellos son tus enemigos. Vives hoy lo que yo viví ayer.  
¿Qué tristeza mueve tus sentimientos, Jattin? 
Jattin, el poeta de la mirada perdida
 —Las cosas que he visto después de muerto. Me entristece el poeta que no siéndolo, se fuerza demasiado en lo que no puede. Yo reventé mi vida haciendo poemas. No conocí las Redes Sociales para hacerme famoso. Las flores las recibo en el cementerio, donde está el verdadero jardín de la fama. Déjame tranquilo en mi cementerio. Allí siento la oscuridad que mira por la hendija de la tumba. Desde allí canto a las personas que se aproximan. Solo soy un espectador más que arranca suspiros al suelo despiadado, que día a día me consume más y más. Aún mis miedos están vivos.
  




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