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RINCÓN POLIGLOTA

Leer En Los Cavernicolas

sábado, 5 de abril de 2014

Noticias desde la otra orilla

EL VIAJERO DEL TIEMPO
ENTRE EL ESCEPTICISMO DE JORGE GARCÍA USTA, Y EL PERIÓDICO DE CARTAGENA...
Por Alex Visor
Garcia Usta entrevistando a Gabo
Década de los noventa. 
Un año impreciso y una tarde imprecisa. En la atmósfera, sobre la ciudad mágica y señorial, se ha detenido—invisible para los ojos de los ciudadanos—la máquina del tiempo. 
Respiro la somnolencia de la ciudad, frente a un miedo inculcado por las huestes enemigas. 
Al bajar de la nave sacudo de los hombros, ese polvo cósmico del 2013. Año en que volverán a crucificar a Jesucristo. 
En otras vertientes, algunos le rendirán pleitesía y culto al diablo… 
Vengo compungido. 
Al ingresar en esta década lanzo golpes de ciego. 
Trato de desprender de la nave las rosas rebosantes de amor por el poeta. 
«Deseamos ser ramos. Obséquianos al poeta sinuano», me habían dicho, «No hay más lírica que ésta: que él nos inmortalice en sus poemas». 
Tras el vértigo del viaje, las flores del 2013 convertidas en un polvillo cósmico, se pierden en esta década de los noventa... Buscan al poeta sinuano para no abandonarlo jamás. Las comprendo y las animo. Si Jorge García Usta acepta, lo embarcaré en esta máquina del tiempo, a ver cómo le parece este 2013 en que él ya no está entre nosotros. 
Y se lo traeré a su esposa Rocío y a sus hijos, se los traeré. 
A estudiantes y profesores amigos de su Universidad. ¡Jorge, ¿por qué dejaste solo a J J Junieles, a Gustavo Tatis y a los miembros de la cuadra? 
¡Qué orgulloso te sentirías observando a tus discípulos bregar en el arte de hombres, solos, locos, y alucinados! 
Y se lo traeré a Víctor Nieto, a García Márquez. A Manuel Domingo Rojas. A Jorge Luís Garcés, se los traeré. 
A Manuel Lozano Pineda. Y a Héctor Rojas Herazo, habitante del país de los poetas no olvidados, también se los traeré. 
Aunque no sería primicia pues Héctor te organizó un comité de bienvenida con ángeles que cantaban tu poesía, Jorge… 
Una hojarasca tenue y fresca... 
Una tregua en la canícula de las dos de la tarde. Año impreciso tarde imprecisa. 
El Parque Fernández de Madrid, agoniza, en el instante en que el Reloj Público reclama el tiempo olvidado. 
La tortura se halla en el loco que balbucea frases ininteligibles; en el vendedor de agua de coco y, en el comentario de los pensionados mentándole la madre al Señor Presidente farfullero. 
— ¿Qué despejen El Caguán? El Mandatario actúa de buena fe... —manifiesta un longevo. 
— En campaña dicen una cosa, en cambio, ya elegidos, se muestran los colmillos—remata el otro. 
En algún lugar del Parque me encuentro yo. 
El año impreciso y la tarde imprecisa, me hallaron devaneándome el cerebro, pues como hay un nuevo diario en la ciudad no sé qué me va a preguntar Jorge García Usta: Aspiro a la vacante de cronista en SOLAR, el suplemento del nuevo diario, y cuento con el apoyo de mi amigo J J Junieles. El escritor de las tres Jota. Míster Jota… 
A finales de los ochenta, Jorge García me bajó de la nube en la que andaba volando alto. Y sin que renunciara a mis sueños de gloria, me dijo: 
—Primero asegúrate con el estómago. 
J J Junieles, su asistente personal, asestaría el golpe mortal pero delicioso: 
—Los escritores somos solitarios. Andamos constantemente entre cargamentos de libros. Si no fuéramos así, ¿cómo escribiríamos?—reiteró. 
Aquello me enseñó, paciencia y disciplina... 
Mi cuarto, repleto de cuentos y novelas, esperan turno a la buena de Dios. Y, ¿quién se arriesga publicarlos? El Parque Fernández de Madrid, con cierta envidia por la gorda Botero de la Plaza Santo Domingo, me despertó con el desparpajo producido por los relojes de la ciudad cuando se escucharon las dos de la tarde…

El periódico al igual que la mansión de estilo colonial respiraba la atmósfera que respiran dichos aposentos. 
Lo primero que me vino a la mente es que yo no estaba en un periódico. Estaba en cualquier sitio menos en un periódico. 
A medida que fui conociendo sus recintos aumentaban las dudas. No, aquello no podía ser un periódico pero lo era. 
Tiempo después el escritor J J Junieles no volvería a acompañarme, pues ya de sobra conocía yo la enorme mansión del matutino al que Jorge se entregó. 
Y con él, quienes escribíamos en El Periódico de Cartagena, hasta cuando el diario hizo agua a babor, naufragando, perdiendo la batalla pero nunca la guerra. 
Son recuerdos de albricias y camaraderías... 
Ahora, el polvillo cósmico—las flores—son sólo palabras. La recepcionista me pregunta, entre un halo de menta y confite: 
— ¿A quién busca usted, joven? 
Un temblor removiendo generaciones pasadas y futuras, recorre la médula espinal, ante un miedo de siglos, busco ayuda en J J Junieles. 
—Tengo cita con Míster Jota—digo. 
La recepcionista no adivina en mis ojos cósmicos el sufrimiento por la cultura. 
Me mira de arriba abajo y no alcanza a imaginar que yo sea un reportero en el tiempo… 
J J Junieles aparece en el vano de la puerta, intenta acomodar su cuerpo como queriendo decir que no le importa que lo haya desprendido, de súbito, de eso que amamos los escritores cuando reflexionamos sobre una crónica: Que nada desvié nuestra atención, que respeten nuestros espacios... 
Antes de conocer a Jorge García, situaba al poeta sinuano en un pedestal que aún conservo. 
Pero la admiración y respeto con que lo trataban en la ciudad, sembraba frente a mí, una gran muralla deseoso de rebasarla, pero terminaba mirando hacia atrás y, lógico, convertido en estatua de sal. 
Porque jamás observé, cuando me lo encontraba por la Plaza de Bolívar, que García Usta riera o sonriera o bromeara en compañía de un amigo. 
«Él no se equivocó al estudiar filosofía y letras», pensé. 
Y hasta lo asocié con aquellos personajes «que no comen cuento, y que tienen a su modo de ver tal interpretación del Universo, pero no le temen a Dios». 
Lo más conmovedor: verlo con un «raspao» degustando el paladar, en un clima tenaz. A grandes pasos, dejando atrás, el palito de caucho… 
—Sigue, Alex—saludó J J Junieles. —Jorge, está ocupado, ¿te sirvo café? 
Mientras me sentaba en el sofá, pensé en la enorme orfandad del J J Junieles del 2013. García Usta fue su Maestro. 
Miré a la recepcionista, tenía bonitas piernas. Quien la contrató, lo hizo preciso, como anillo al dedo. Debió sentir la mirada cósmica. Con lentitud se paró detrás del recibidor. Y acomodándose la ropa, dijo: 
—Esa crónica de los encapuchados del barrio Boston, me gustó, ¿cuántos fueron los muertos? 
No quise entrar en detalles. Un monólogo breve le insinuó que prefería observarla. Acariciarla, en algún cuento por descubrir, en algún rincón de la memoria… 
Apareció Jorge García. 
¡Carajo, parecía un animal de trabajo! 
Como esos que duermen en invierno... 
Pero ahora el poeta se quita las gafas, se frota los ojos, y a mi me da la impresión que no me conoce. 
—Soy Alex Visor—le digo—Unidos en el tiempo por el periodismo y la Literatura... (Bromas, risas...) 
Decirles que en la media hora que conversé, encontré a un aliado de la cultura sería matar este texto pues la ciudad conoce a García Usta como un apóstol de la cultura, un ermitaño. 
Si por él fuera, enojado, se hubiera quedado padeciendo la deliciosa soledad de su oficina… 
—Jorge, te vas a sorprender—le digo—Pero vengo del año 2013. Soy un reportero del tiempo… 
—Sí, ya veo—manifiesta el poeta—Es un buen Proyecto. Me gusta... 
Él cree que de aquí salga algo bueno, qué se yo, o que debo estar loco. Me sigue la corriente, las aguas no lo abruman… 
Te quedaste a medio camino poeta. Quizás para tu bien crezca tu obra consagrándose con la desaparición de tu cuerpo. Más sin embargo, tu espíritu y tu voz cobrarán fuerza. Todo lo que soñaste en vida, se materializará con tu muerte. 
Obsesionado por la poesía de Héctor Rojas Herazo y la prosa de García Márquez. 
Naciste para enarbolar la bandera de la cultura. Para hacer con ella el símbolo de la vida, de la ciudad endemoniada por los golpes del mar en el malecón, sin que nadie en cinco siglos haya podido aquietar el miedo. 
¡Cómo admiras a esos grandes escritores! 
—¿Qué futuro le deparas a Cartagena en la cultura cuando en el pasado aquí desarrolló su obra artística García Márquez, Rojas Herazo, el Tuerto López, Obregón, Germán Espinosa, etc.?—le pregunto. 
—Éxito total—me responde—Cada día son más los artistas que vienen a encontrar la vena de su lírica aquí. La ciudad siempre será una aliada, una cómplice de quien venga a producir aquí. 
Si la cambiáramos por Bogotá, seríamos bogotanos porque Cartagena es una. Dos, imposibles de existir… 
—Jorge —le digo—Cómo te quieren a ti. ¿Crees en la frase garcimarquiana «veo pasar mi propio entierro»?. 
En el 2005 todavía lloran tu muerte... 
«Sólo tiene cuarenta y cinco años, por Dios», expresó Gustavo Tatis tras tu deceso. 
—Tienes talento—me reitera un poco sarcástico y divertido—Pero asegúrate de tener el estómago lleno. 
El reportero del tiempo sonríe. 
La literatura es difícil. Míster Jota, quien ha sido Premio Nacional de Poesía y ha publicado una novela, sigue siendo un gran escritor pero tendrá que trabajar mucho para poder vivir del oficio. 
Y se murió Jorge García en la plenitud de su vida. 
Firme y decidido, su vida de poeta pasó como una exhalación. Por eso sonríe, piensa que el reportero del tiempo, no existe… 
—El año de donde vengo es de grandes eventos—manifiesto. — ¿Si lo deseas traeré textos nuevos con fechas de edición de 2013? 
Al instante entra J J Junieles extrañado. 
Le pregunto: 
— ¿Cómo va tu novela Hombres solo en la cola del cine, y canción…?
Míster Jota me mira con desparpajo. 
— ¿Cómo lo sabes?—me pregunta—Apenas es una idea sin apuntes ni detalles, no sé si algún día la vaya a escribir... 
El poeta sinuano me mira sorprendido. 
« ¿Los dos quieren tomarme del pelo?», pareciera pensar, «También díganme que García Márquez es eterno y, que en verdad yo moriré en el 2005». Ha dicho la última frase a la ligera. 
—Viaje conmigo al 2013 para que vea que no miento—le digo. 
La máquina comienza su cuenta regresiva. Mientras avanzo por la vieja casona colonial, observo a la recepcionista, no sabe que su propuesta de trabajo se perderá, por el naufragio del periódico… 
En cambio J J Junieles sonríe, pues en un futuro inmediato obtendrá premios y reconocimientos. Él no lo sabe pero es así. 
Jorge García se queda acompañado por un montón de ángeles.

En una mesa de la redacción, muchas rosas blancas parecen recién acabadas de cortar

viernes, 4 de abril de 2014

El último poemario de José Ramón Mercado

PÁJARO AMARGO Y LAS CARTAS AL PADRE

«NO DERRAMARÉ UNA LÁGRIMA FRENTE Al RECUERDO»

Por Adalberto Bolaños Sandoval
La poesía de José Ramón Mercado Romero (1937-) recorre un largo camino desde 1970, cuando publica su primer libro, No sólo poemas, su penúltimo en 2.009 Tratado de soledad, más tarde su último poemario, Pájaro amargo, el número 13 en el 2013. 
El penúltimo, una especie de compendio en el que se cruzan sus preocupaciones iniciales: poesía del lugar, del espacio, de la familia, pero también una preocupación, social; cívica de alguna forma, política en otra; en fin, una acepción que conlleva una interpretación política, es decir, una estética crítica. 
Pájaro Amargo, su última producción poética, redefine su poética y la acerca aún a la poesía del linaje, un concepto muy aplicable a la poesía del Caribe, y aún más a poetas del Caribe colombiano, pues está íntegra, en parte, a la obra de Héctor Rojas Herazo, y mucho, en Raúl Gómez Jattin, Gabriel Ferrer y Jorge García Usta. 
La poesía de José Ramón revela una región, o una revisión neo regional del paisaje mediatizándola a través de una geopoética y con ella una estructura de sentimientos (Raymond Williams) y sentidos, conjugándose así una versión interpretativa del Caribe que, sin querer ser esencialista, se asume como una cosmovisión en la que se conjugan tres temáticas unidas indisolublemente: identidad, paisaje y memoria. Estas hablan de espacio, poder, escritura, historia. 
Los comienzos de la poesía de Mercado correspondían a una expresión de la época de los 70s y 80s y aun de los 90s: una poesía de carácter social, pero que incluye elementos metaliterarios, de autorreflexividad y cultura popular. No solo poemas (1970), El cielo que me tienes prometido, (1983), Agua de alondra, (1991), Retrato del guerrero, (1993), Árbol de levas, (1996), La noche del knock-out y otros cuentos, (1996). 
 Más tarde su poesía se ubica en una concepción en el que se cruzan elementos de carácter geocultural, constituyéndose en una geopoética: Agua del tiempo muerto, (1996), La casa entre los árboles, (2006), Los días de la ciudad, (2004), y Agua erótica, (2005), perfilándose en una poesía urbana y apocalíptica, y, en algunos momentos, de mirada optimista. Tratado de Soledad, (2009), se plantea como un cambio cosmovisivo y temático en el que las preocupaciones éticas y denuncias de la violencia colombiana durante los últimos 20 años condensan una reflexión sobre la justicia y la memoria traumatizada. 
Pájaro amargo (2013), representa un giro hermoso y filial, un giro en cuanto al concepto de poesía del linaje. De los 23 poemas seleccionados, tres no pertenecerían al género de la elegía paterna, pero no dudan en entrar en la poesía de la memoria. Un último texto híbrido, poema en prosa, prosa poética y ficcionalización, resume los otros 23: cartas al padre que trasuntan admiración y un ajuste de cuentas doloroso. Muchos de los textos habían aparecido en poemarios anteriores y más de la mitad fueron escogidos para esta edición. 
Pájaro amargo hace parte de una poética de la memoria familiar. Mirados hacia atrás, a partir del padre, muchos de los poemas apelan a la ficcionalización de puntos de vista autobiográficos, haciendo Mercado de lo íntimo algo público, de lo privado una presencia de los otros, «una intimidad pública», y configurando una autobiografía oblicua, mediante vivencias recreadas, autoficción, con un valor biográfico que busca la resignificación para que, como parte de la memoria individual se inserte en la cultura y darle unidad y continuidad narrativa. Somos narración, somos relatos, estamos constituidos de tiempo. Tiempo y relato nos imbrican. Se trata de refigurar, recontar, reficcionalizar. Mercado recurre a la elegía para narrarnos un sentir, una antropología del sí mismo y del otro en nosotros. Traza una especie de, en palabras de Roland Barthes, «biografemas», una especie «de arte de la memoria, de la muerte, de memento mori», del que ya no es. 
Existen varias características en Pájaro amargo: una carga afectiva y pasional en trance, de manera que el pasado se conjuga en el presente de la lectura, en el presente refigurado, tiempo de la verdad—estética—,de la memoria. Esta contención estética, esta poesía como arte mostrada mediante una alta carga de «puesta en obra de la verdad» (Heidegger) conviene en recordar «amargas mieles» (25) pero también la «mítica errancia» (33) del paso de un personaje que «tenía vocación de herrero de caballos»: /Luna arriba /Él era la raíz del mito la luz de la memoria» (36). Esta poesía de la mitificación guarda el equilibrio entre la rabia, el dolor y la pasión; se enmarca, entonces, en un proceso de solidez discursiva, macerada, cuyo sentido filial desaparece para ubicar al lector en un más allá artístico: no ya en una carta al padre kafkiano sino una poesía que universaliza el lamento, que retrata la memoria y evoca y busca no derramar una lágrima frente al recuerdo». (41).

lunes, 31 de marzo de 2014

Arte y alimentación

Las indias Boutique Gourmet: de la mano de Laureano Licona
EL CARBON: LA REVERENCIA DE NUESTROS ANCESTROS
                                                POR UN FUEGO PURIFICADOR

Por Gilberto García M
Se venía anunciando con antelación.
Laureano Licona,el  propietario 

Pero uno de los fascinados con la idea era Laureano Licona, joven publicista y propietario del restaurante Las Indias ubicado en pleno corazón de Getsemaní. Desde aquel día que descubrió que los alimentos son más "naturales" si se cuecen en carbón un impulso interior lo doblegó hasta el punto de que toda la vida en Cartagena de Indias girara en torno a la fundación de su restaurante pero con una característica muy singular: El Carbón como elemento primordial en la elaboración o cocción de los alimentos. 
Al hombre entonces le brillan los ojos cuando explica las bondades del carbón y las anécdotas que de una u otra forma guardan alguna relación con él. Fue tanto el despliegue de retórica aquella vez que cualquier obstáculo que pretendiera atravesársele en el camino, sufriría la humillación de la derrota. Aquel febril entusiasmo se concretó desde que a través de la Asociación de Escritores de la Costa, con una semana de antelación, se convocara a sus miembros a una cena especial en que todo girara hacia lo que hacía posible la misma: El bendito carbón. 
Así que esta tarde fueron llegando los protagonistas de la cena de uno en uno. La Plaza de la Trinidad a esa hora de la tarde era el refugio preferido para quienes luego de haber explorado los afanes de la vida, venían a solazarse aquí. Alguien tomaba una foto, el muchacho que vende minutos a celular bromeaba manifestando que su compañero de la esquina «es un rarra» pues casi siempre está comiendo. 
El cronista fue el primero en llegar. 
5:30 de la tarde y en la Plaza del Pozo la brisa levantaba la hojarasca hacia ninguna parte… 
­— ¿No han llegado los escritores?—interrogó el reportero al hombre que vigilaba los autos aparcados. 
—No, señor. Pero espérelos, no tardan—dijo el vigilante. 
Mientras esperaba, el cronista deslizó la vista por los alrededores. Getsemaní tiene la facultad de hacer sentir a quien viene a conocerlo, como si el tipo estuviera en familia. El viento seguía jugueteando, ahora alrededor de un monumento construido a punta de libros de la Bienal de Arte que se desarrolla en Cartagena. Desde la Plaza de la Trinidad llegaba el alboroto de algún muchacho que comenzaba a experimentar los efectos de la cerveza. 
Cuando ya el cronista comenzaba a desesperarse, se recortó contra la Plaza el Pozo, en la distancia, la figura de un hombre vestido de blanco. Era Jocé G Daniels, quien venía sin el entusiasmo de otros días. Luego de saludar el hombre reveló el motivo de su naufragio. 
«Es un fuerte dolor de cabeza», dijo, «Pero no hay de qué preocuparse, ya pasará…» 
Detrás de Joce Daniels, casi pisándole los talones, irrumpió de repente, como si saliera de la nada, su amigo de siempre Enrique Jatib. Ambos acompañados del periodista ocuparon la mesa del restaurante del lado con el semblante de quien en pleno desierto se tropieza con un oasis. Sólo que la voz fuerte de una mujer pequeña, la encargada del lugar, los devolvió a la realidad. 
—¿Qué desean tomar los caballeros?—dijo la mujer. 
—Danos tres jugos—manifestó Enrique Jatib entendiendo que la mujer lo había hecho porque en cualquier establecimiento te cobran la sentada. 
La conversación giró, mientras esperábamos a los demás miembros de la Asociación, y el reloj se acercaba al filo de las seis de la tarde, hacia los titulares de prensa en los medios nacionales: El caso Petro, la situación de María del Socorro Bustamante y su elección por las negritudes, temas de cultura, Venezuela con sus problemas agudizándose, y la suerte del avión desaparecido de Malasia, entre otros temas. 
Juan V Gutiérrez Magallanes, quien había venido acompañado de su esposa, apoyó la iniciativa de Laureano Licona, quien amablemente invitaba a los presentes a que pasáramos al interior de Las Indias y experimentáramos un reencuentro con el carbón, las brasas que de una  u otra forma marcaron nuestra existencia…

EL PASEO ALUCINANTE POR LAS ATMÓSFERAS DEL CARBÓN 
Escuchar a Laureano Licona es descubrir el asombro, la reverencia de nuestros ancestros por un fuego purificador, convocando a la familia, a los pueblos en torno a una actividad que la modernidad ha ido desplazando hacia otras formas de ritos pero sin la fecundidad del carbón de Dios, ese que surge de la leña y le da a los alimentos un tratamiento especial. Esa misma condición que se desborda en entusiasmo, en reverencia para un carbón salvador, el que nos muestra con precisión y sonrisa de chef profesional, el que debería estar dirigiendo una sección de «cocina al carbón» en algún programa de televisión, Laureano Licona. 
Y quienes asisten a la cofradía del carbón, jamás olvidarán la manera cómo el profesor Juan V Gutiérrez Magallanes hace referencia a él, con el texto que lee sobre los pregoneros que en algún lugar de Cartagena gritaban «el carboooón, el carboooón…» 
Pero mientras Laureano habla, invita al mismo tiempo a sus contertulios a que pasen a la cocina y vean el proceso y tratamiento que se le da a una «viuda de pescado». Sus empleados explican los derroteros que deben cumplir los distintos menús cuya gran peculiaridad consiste en que en Las Indias Boutique Gourmet sólo se cocine con carbón. Así que es un honor y privilegio cenar en este restaurante no sólo porque es el único en Cartagena en que se cocina con carbón sino que Laureano, el anfitrión, hace que el visitante se halle como en su propia casa.      

Ay, Venezuela

MUJERES EN SUS ZAPATOS
EL CASO VENEZOLANO
«TODA  FIERA TEME AL FUEGO Y NO EXISTE MEJOR FUEGO QUE DEFENDER LO QUE AMAS»
Por María Elena Aldana
Los efectos son devastadores, un país antes pujante, cuyas mujeres eran frecuentes ganadoras en concursos de belleza y posteriormente entregadas a colaborar con fundaciones de todo tipo, incitando la ayuda ante las carencias, un país de hombres luchadores, es ahora el marco de lo que significa el poder, cuando es el mal quien se apodera de todo. 
Y todo comenzó bajo la inconsciencia de un presunto líder, que supo cómo tocar en la llaga y el dolor de un pueblo, que ya venía en constantes sometimientos y abusos, como ocurre en toda América Latina, el poder y abundancia en exceso de unos pocos, siempre implicará el mal de muchos y a la larga el mal de todos. 
Lo supremamente inquietante, es que puede suceder en cualquier país, en cualquier parte del mundo y acentuadamente en nuestro continente, donde las luchas no son religiosas o en culto al petróleo y tantas mezquinas motivaciones más,  es demasiado complejo, demasiado simple: un reducido y corrupto grupo que se apropia a costa de lo que sea y aprovecha el culto a la ignorancia de la gran mayoría, que es la víctima de un organigrama al que no le interesa un sistema educativo y mucho menos de salud, pero hay otras voluntades en el juego, causalidades, donde un mal menor, se enfrenta al mayor pujando por su parte y quizá es lo que ha salvado por ahora a Colombia y  a otros cuantos, una guerra interna de codicia, puede ser a la larga un paliativo, uno entretenido en el otro, neutralizando algunas comilonas, el pueblo en el medio con sus grandes valores luchando, todos entretenidos en lo suyo y la balanza algo armoniosa en un resultado latente: un ligero equilibrio de fuerzas del mal con el bien, lo que a todos debe preocupar es continuar cuestionando sin que callen las voces, al arbitrio de alguno de esos poderes nefastos. 
He conocido gente buena incursionar donde más le resulta cómodo, de hecho en mi programa comunitario, iniciado en Chapacuá, gane muchos adeptos, más de quinientos, esa suma tienta a cualquier político, y logré ver el fondo, lo que significa unirte por ambición a incrementar el dolor de la mayoría y obviamente, continué de forma más modesta con mi trabajo habitual, eso sí con menos dinero, pero con algo más edificante: educar unos hijos que comparten con sus empleados los momentos de abundancia, aunque signifique ser menos dimensionales en riquezas, que nutren su mente para discernir mejor, todos necesitamos saber compartir y abstenernos de acumular excesos, hay muchas formas, en vez de vegetar en el hogar, impulsar a otros pequeños grupos, por eso me gusta facebook, porque comunica, porque todos cuestionan y algunas quejas calan y preocupan al grupo dominante, saben que estamos aquí, con nuestros pequeños logros y nuestros grandes ideales, lo que ignoran es del beneficio que todos tendremos, evitar que maten a la gallinita de los huevos de oro, qué haces con todo el dinero del mundo si careces de patria o la que tienes es el resultado de tu desidia, como sucede ahora en Venezuela, ya el daño está hecho y el abuso se tomó el poder, somos vecinos de un gobierno con la mente recreada en el mal, estamos expuestos y por ende debemos estar alertas. 
Aunque sea sólo anunciando nuestra incondicional presencia a otros depredadores, toda fiera teme al fuego y no existe mejor fuego que defender lo que amas.
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14 años de haberse publicado


LA OTRA CARA DE EVA
Por Gilberto García M
El libro de Gilberto García Mercado
Siempre me daba nervios el primer día de clases. A principios de febrero–cuando ya habíamos dejado atrás el bullicio de Año nuevo–una brisa veraniega soplaba untándonos el optimismo que ya empezábamos a perder tan sólo porque once días antes, la guerrilla masacrara monstruosamente a diez policías. 
Se decía entonces que en el colegio había guerrilleros. 
Pero mis nervios no era por lo que estuviera o no estuviera pasando en el país. Se trataba simplemente de que no me encontraba a gusto ante el nuevo espíritu de alegría que presentaba el colegio: las bromas entre los estudiantes nuevos, que pisaban por primera vez, el colegio. Los viejos, sonreíamos, felices… 
Yo no encajaba en ese ambiente tan solo por mi timidez que había llevado a María Rodríguez—una muchacha de quien vivía enamorado—a decirme, a mitad del año anterior: «¿Y tú estudias aquí?» «Primera vez que te veo». 
Yo vivía apertrechado en el salón de clases. Pero este año era distinto. Todo pintaba—aunque la única tragedia que ocurrió fue la de los policías—que, de aquí en adelante, todo iba a mejorar. El Presidente había dicho: «Esta es la última tragedia que toleramos». 
Yo la vi conversando con Luís Pinto. Después con Pablo Cañas. Y creo que desde entonces comencé a perder mi timidez. La veía en todas partes: En el salón de actos especiales, en los pasillos, en el salón de clases, en todo el colegio. Se fue metiendo en mi alma como una espinita que cada vez dolía más. 
Luís Pinto le dijo: «Mucho gusto». «Te presento a este muchacho». 
Ella me dijo que se llamaba Eva. Y a ella le brillaron los ojos al saber—por boca de Luís Pinto—que yo había sido el mejor alumno del salón. 
«Te felicito»—dijo—«Ojalá nos toque en el mismo salón». 
Su perfume de flores me hizo pensar en un jardín. Días después—cuando ya había pasado la tormenta del primer día de clases: La tormenta del amigo que se había trasladado a otro colegio, la tormenta de la quinceañera de quien no se había vuelto a saber nada, todo esto, recuerdos, y la tormenta de la morena que correspondía a una amplia sonrisa con una picardía que producía cosquillitas en el corazón—días después de conocer que Eva ocuparía el mismo salón de clases, comprendería que había vivido aislado toda mi vida. 
Yo me esforzaba estudiando. De no quedar mal ante los ojos de la muchacha. En verdad que, la elección como mejor alumno el año pasado, no era simplemente por calentar pupitre no más. Eva poseía una cabellera negra. Constantemente lucía el cabello suelto, y, algunas veces, iba adornado con una flor de monte, cuyo nombre yo ignoraba. Ostentaba un lunar negro en una de sus mejillas. Y poseía—yo más tarde comprendería por qué todos la buscaban—unos labios finos, rojos y seductores. 
Llegaba al colegio como una mariposa feliz, bebiéndose el néctar de la vida. Saltaba por aquí y por allá. Y de vez en cuando soltaba su risa explosiva. Era buena estudiante y se estableció entre los dos una competencia por saber quién izaría, en el Día de la Independencia, la bandera de la república. 
Mi mutismo fuera del salón de clases, fue perdiendo su cuerpo hasta convertirse en una sensación pasajera. Ver una cara fresca y juvenil como la de Eva, era iniciar una cacería en que la presa no era el leopardo, sino la timidez: Apenas ésta se sujetara, afloraría en el hombre la sonrisa franca, la impresión por el breve roce de unas manos entre él y una mujer, la picardía inocente por una morena que empieza oler a mujer. 
Eva—sereno de la mañana—se fue metiendo, poco a poco, en el corazón sensible de mis quince años. 
Recuerdo, como si fuera hoy, y en que pongo en tela de juicio a la muchacha, la primera vez en que fuimos los últimos en salir del salón de clases. 
Todo el alumnado del colegio estaba congregado en el paraninfo, donde la Institución, con gran ostentación, celebraba el Día del Idioma. 
El momento fue propicio. Alguien colocó—como bromeábamos los estudiantes—el bolso de Eva, encima de un estante alto. De pronto la joven gritó bestialidades, y, en un instante, me encontré encima de un pupitre de los que se usaban antaño. 
Cuando alcancé el bolso, por uno de esos resbalones que uno da en la vida, me encontré cara a cara, con Eva, hundiendo mis labios, en su boca fresca y apetitosa. 
Hoy no es quiera maldecir a la muchacha. Pero antes me pareció una muchacha sana, y que se reía explosivamente. Llegaba al salón y se paraba en frente de todos los estudiantes: «El 16 de julio es el Día de la Virgen». «Así que habrá rumba». Y después de estas frases todo el mundo apoyaba con las palmas ovacionando a la muchacha. 
Muchos días después de que sucediera lo del bolso, y besara los labios de la joven, no la vi más…Era como si me esquivara. La veía dinámica y fervorosa intentando ocupar uno de los puestos para izar la bandera nacional. Yo de cerca la veía sintiendo un sabor amargo en la voz. Era como si un pedazo de mi cuerpo lo hubieran cercenado, y me costara trabajo vivir sin él. Mi pensamiento viajaba con él. Y ese pedazo tenía nombre de mujer: Eva. Hoy cuando la tengo en tela de juicio, todavía no ha entrado por la amplia puerta del salón. Es como si estuviéramos—los demás alumnos y yo—en otra dimensión. Y de repente entrara Eva, expectante. Volátil. Flotando en el aire. Tan inalcanzable en el sueño que tuve con ella. Y que de ser realidad y no sueño, me permitirá saber —después de que llegue—la verdadera identidad de Eva. 
El reloj—cargado con la mole más grande del mundo, y que nunca deja de crecer: El tiempo—palpita lentamente como si de repente pudiera recibir un ataque al corazón. Todos esperamos—todos no porque el único que soñó con Eva fui yo—y me la imagino donde la vi anoche voluptuosa y sensual, hecha una máquina erótica, y moviéndose al son de la salsa, para después encerrarse con un negro recio. Y yo expectante, y yo sufriendo. Mientras imaginaba la cama al son del subiendo y bajando. Mientras la noche gritaba: «Déjenme dormir». Sólo yo espero, porque fui el único que soñó con Eva. Los demás sólo piensan en que las fiestas del pueblo están próximas. Y hay que hacer—y ya lo dijo la protagonista de mi sueño—fandango este año. 
El palito pequeño del reloj llegó a las dos. Y el grande a las doce. Son las dos de la tarde y el profesor no llega. Acostumbramos entrar a clases en el colegio a la una y media. 
Unas hojas han entrado por las ventanas abiertas del salón. Es primavera y conviene que el aula esté limpia y pulcra. Ramón se levanta y cierra las ventanas mientras hay voces bromistas que apoyan lo contrario. El tiempo se ha burlado de todo el mundo. Se ha entretenido hablando del tiempo perdido que se le escapó a la vuelta de la esquina: Es el hijo desobediente, y se ha sentado aquí en mitad de la aula—ya sin entretención sólo la que le ofrecemos los estudiantes—como un buda observando imperturbable cómo el reloj mata los minutos. Esta impaciencia por la demora de Eva, me tiene con sueño. No más soñarla anoche, me costó, hoy, la comezón de las uñas. Me tambaleo en el pupitre y el buda se burla. Si yo pudiera gritar y decirle a todos los estúpidos lo que no sé si sea realidad o ficción. Y encerrarme otra vez en mi mutismo, para volver a ser el de antes. Y no salir durante el resto del año, que apenas comienza, del salón de clases. 
El espectáculo ostentoso brilla con los bombillos encendidos y con las miles de lentejuelas de los vestidos en que la protagonista es Eva, es la actriz principal. Contonea su cuerpo al compás de la salsa. Se desnuda ante la euforia de la gente. Y luego sube a la alcoba con un negro recio donde me imagino—el sube y baja—de los cuerpos en la cama. Cuando anoche desperté, me encontré fuera de El Tamarindo. Sin un peso, con los papeles extraviados y con una borrachera, pero con la seguridad de haber visto a Eva (No fue un sueño). Bailando, bebiendo e imaginando el sube y baja y el baja y sube, con un negro recio. 
La borrachera no da para más. Por el establecimiento público se ha asomado—esbelta y más mujer—Eva, la muchacha de los ojos de miel. Trato de despejar la mente turbada por el licor, y decirle a Eva: «Oye cómo estás corazón». «Soy Armando». «Tu compañero de estudio». Trato de incorporarme desde donde busco mis documentos extraviados, pero me voy de bruces contra el suelo. Alcanzo a escuchar—antes de quedarme dormido—las palabras de la dulce Eva: «Que duerma en mi cama». «Es un buen muchacho». 
El salón ahora está expectante. Los demás porque quieren saber cuándo habrá rumba, (y eso lo sabe Eva). Y yo recordando mi estancia en el cuarto de Eva. Vi las mil sonrisas de sus fotografías en las paredes, y una fotografía de un joven parecido a mí. Por la tarde—no sé cómo—me levantaré de la cama de mi cuarto, me bañaré y me iré al colegio. Sin saber cómo diablos llegué a la pensión. Y con un suave sabor a menta, que no es la crema dental que uso. 
Con mil conjeturas que ponen en entre dicho a Eva. Porque si es así no quiero saber nada de Eva. Y aunque quiera o no el corazón, Eva es una prostituta. 
Alguien se ha asomado por la puerta del salón, y ha dicho: «Hoy no hay clases». «Asesinaron a una alumna en El Tamarindo». Y me acuerdo del negro recio que subió al cuarto la noche anterior. Y yo expectante. Y yo sufriendo, imaginando el sube y baja y el baja y sube. Y a Eva dándome palmaditas en el rostro, insistiendo que me fuera por la ventana de atrás, y que despertara, porque aquel negro recio estaba fuera de sí, borracho, y energúmeno por la coca.

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